1 jun. 2010

En el hoy que vivimos

 

La sociedad en la que nos ha tocado vivir ha evolucionado hasta extremos que hoy día nos parecen de un desarrollo envidiable. De un entramado complejo de instituciones, derechos y obligaciones, mercados y valores surgen nuestras experiencias, nuestras aspiraciones, nuestros objetivos y nuestras interpretaciones sobre la vida. Así, nuestros conceptos de estética y ocio, de ciencia y arte, de lo que supone haber llegado lejos o no en la vida derivan de la sociedad en que vivimos y están íntimamente ligadas con ella.

Si en algún momento de nuestra existencia nos paráramos a meditar en las cosas que catalogamos de importantes, nos encontraríamos entre otros con aspectos relacionados con una buena posición social y un buen aspecto físico que nos hagan seres deseados y admirados en el entorno en que nos movemos. Nos inquieta tener un buen trabajo o una buena carrera, disponer de una holgada cuenta bancaria, reducir una cintura, duplicar musculatura o aumentar un busto y nos provoca curiosidad conocer el último escándalo del famoso de turno. Responder al pago de la hipoteca, inscribirnos en los registros obligatorios, cumplir determinados requisitos que certifiquen este o aquel titulo… todo esto se convierte en asuntos importantes que pueden condicionar nuestro bienestar, nuestro descanso e incluso en ocasiones, nuestra salud. El desarrollo alcanzado por nuestra sociedad decide qué hemos de buscar, qué conseguir, qué es desdeñable y qué es deseable.

Aislamiento

Adecuarse a estos cauces supone, en una búsqueda por ser aceptado, ser un fiel representante de lo que se considere situarse en la vanguardia de las tendencias del momento vivido. De ese modo, a lo largo de los distintos momentos del desarrollo social se ha valorado quemar a los herejes, limitar el voto de las mujeres, esclavizar a los sometidos, o encarcelar a los homosexuales. Hoy, por ejemplo, “mola” ser de tendencias políticas liberales, ir al gimnasio, declararse ateo y no mostrar el menor escándalo ante parejas del mismo sexo.

Sin menosprecio por el punto evolutivo alcanzado por nuestra especie, ¿es suficiente considerar este, variable y en gran medida artificial entramado social, como único marco para fijar el sentido que debemos darle a nuestra existencia? Lo más preciado que poseemos es nuestra vida misma, ¿No sería pues más aconsejable buscar nortes, directrices y objetivos más válidos en sí mismos y menos dependientes del momento evolutivo en el que nacemos?

Yo prefiero ligar mis valores a aquello que trasciende a mi entorno, y aquello que trasciende es lo que queda y sobrevive a cualquier momento evolutivo: El amor, la alegría, el dialogo, la comprensión, la paciencia, la felicidad. Lo que cuenta es lo que seguiría siendo importante en cualquier época pasada o futura.

En función de mi jerarquización de valores encamino mi vida, y mis guías son concepciones que implican, en no pocas ocasiones, una subordinación del “yo” físico. Este darle la espalda al egoísmo es perfectamente coherente con el mensaje religioso bajo cuyo prisma cobra mayor sentido. Descubro que aquello que atisbo como válido lleva siglos recogido en el Mensaje del creyente.

Deduzco que es aconsejable y hasta imprescindible, hacerse con una Filosofía de la vida.

1 comentario:

  1. Muy interesante, estoy de acuerdo, es imprescindible tomar en cuenta una forma de pensar de acuerdo a los valores que sean atemporales, es una falacia querer ser aceptado en una sociedad cuando dicho grupo de personas viven con absurdas ideas hasta con sus prioridades, que ultimadamente dichas ideas cambiarán en cuanto pasen los años.
    Bendiciones.
    Le invito a visitar: http://nuevapologetica.blogspot.com/

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