25 jun. 2011

El pájaro atrapado

 

 

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Despertó cálida y luminosa la mañana de este primer sábado de verano.

Paseaba a mi perro por el mismo camino de siempre, hoy mucho mas silencioso y solitario al no encontrase con las prisas de las madres que parecen llevar a remolque a sus pequeños, ni el ruidoso rodar de coloridas maletas a rebosar de libros y cuadernos, ni la interminable cadena de coches que desfilan con impaciencia agolpándose a las puertas del colegio…

Y esa tranquilidad invitaba a perderse en pensamientos.

Gustaba yo de aprovechar estos momentos para rezar y reflexionar sobre mi vida. Qué hago mal y dónde estoy equivocándome. Y comenzaron a surgir tantos errores… Desde un trabajo absorbente al que dedico demasiado tiempo y que continuamente reta mi paciencia, hasta una religiosidad vivida casi a hurtadillas, porque en la sociedad que vivo, creer en Dios puede admitirse, pero hablar de Él está relegado a curas y viudas beatas.

Mi perro, ajeno a mis mudas confesiones, andaba ocupado en marcar esquinas y olisquear arbustos. Pensaba yo, ¡cuán grande es la presión con que puede ahogarnos este entorno eminentemente secular, donde el lugar de Dios se reduce a algunas procesiones y misas de difuntos! Muchos viven con el piloto automático, sin plantearse jamás cual es la naturaleza de la realidad última, ni si todo esto tiene un propósito o sentido. Viven así sin Dios por inconsciencia. Otros muchos, que al menos han llegado a cuestionarse estas preguntas, sucumben al cientifismo imperante, convencidos de que un Dios que no se avenga a sus pruebas de laboratorio y a sus planteamientos teóricos, no existe. Viven así sin Dios por ignorancia.

Unos y otros entienden que “estamos progresando”, y que el hombre de hoy está en posesión de casi toda la verdad. Ponderan unos tiempos en los que se confunde tolerancia con desidia, libertad con hedonismo, y autenticidad con desinterés por mejorar. Echamos mano del relativismo cuando sirve a nuestros intereses pero no reparamos en declarar sentencias apelando a no se sabe muy bien qué logros.

Y en ese océano de soberbia y agnosticismo, tiene que abrirse paso mi religiosidad repentinamente recuperada pero mucho más profundamente asumida. Y tiene que abrirse paso, pensaba, con discreción, con paciencia, porque cualquier intromisión de lo Trascendente en la cotidianidad de nuestras vidas, puede verse con recelo, con prejuicios, con dudas o condescendencia displicente, como el que acepta un nuevo hobby de un familiar o asume que éste atraviesa algún tipo de crisis o fase existencial.

Pero, ¿hasta qué punto ocultamos a Dios por pretender buscar aquel momento más propicio o por evitar ser blanco de burlonas críticas? Si todos, por un motivo u otro, nos guardamos muy dentro Su presencia en nuestras vidas, ¿Cómo volverá la verdadera espiritualidad al presente de la humanidad? ¿Quién luchara contra el frío materialismo aplastante? ¿Cómo despertarán las conciencias y quién se atreverá a mirar desde otras perspectivas?

Y en estas reflexiones me encontraba, cuando un sonido rítmico y repetido que al principio no identifiqué, me sacó de mis pensamientos. Presté entonces atención a mi animal que olisqueaba con curiosidad un montón de hierbas que sobresalían en el césped.

Aquel ruido otra vez…. Y dos veces más. Y entonces, decidí intentar localizar con la mirada de donde provenía. No muy lejos, alzándose por encima de los muros de uno de los patios, se extendía un árbol inmenso de pobladas ramas. Miré con fijación a todo el árbol, y al surgir de aquel ruido que de nuevo aparecía, me pareció observar un ave blanca, tal vez una paloma, que batía sus alas con energía para nunca llegar a abandonar la rama. Fruncí el ceño y encogí los ojos, con intención de echar mejor vistazo, y esperé unos segundos. De nuevo pude oír ese sonido, y una vez más se desveló como por partes aquel pájaro blanco que parecía intentar sin éxito abandonar el árbol. Y de nuevo, por tercera vez, vi la silueta blanca al tiempo de un batir de alas. Y luego, nada. Esperé un rato confiando que un nuevo intento me ayudaría a descubrir detalles, pero solo di con el silencio sobre un fondo verde de tupidas hojas.

Y me alejé pensando cuantas veces había pedido a Dios la ayuda del espíritu. El Espíritu que va alumbrándote el camino y te da luego fuerzas para ser capaz de andarlo. ¿Y si el Espíritu está ahí para nosotros, pero espesos ramajes de nuestros convencionalismos y supuestos le cortan el camino para el vuelo? ¿Qué mensaje podría ser lo suficientemente rotundo como para vencer la inercia de nuestras comodidades? ¿Cómo necesitamos que Dios nos hable?

Tal vez no fue más que un pobre pájaro atrapado en los brazos de aquel árbol. Pero, ¿Y si no?

2 comentarios:

  1. Probablemente la críticas más popular al Teísmo, y en especial al Teísmo cristiano (el cristianismo afirma que Dios es todopoderoso y bondadoso a la vez). Me gusto la separación que Craig hizo del punto intelectual y el emocional. En mi opinión para estas cuestiones es mejor hablar desde las prediposiciones biblícas desde un principio. Pero buena respuesta.

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  2. Por cierto les comparto una respuesta del apologista Gordon Clark al problemas del mal:

    Aquí en link:
    http://reformadoreformandome.wordpress.com/2008/02/12/la-solucion-de-clark-al-problema-del-mal/

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