13 jun. 2010

Lo absurdo del pensamiento ateo: Las verdades morales

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En un repaso general de todas las incoherencias y absurdos que se deducen del pensamiento naturalista ateo, el relativismo resultante sobre las verdades éticas posee un lugar preponderante.

Para que un código moral sea efectivo, debe ser atribuido y afirmarse sobre una fuente externa al ser humano, y debe estar más allá del poder de la humanidad el cambiarlo para ajustarlo a su propia conveniencia.

Dado que el ateo afirma que el hombre no tiene más padres que el azar y el tiempo, ha de deducir que lo que entendemos por valores morales no son sino subproductos psicosociales del proceso evolutivo o meras expresiones del gusto personal. La moral en su origen vendría a ser una “elaboración” del ser humano con la finalidad de facilitar la supervivencia y la reproducción. Cualquier otro significado más profundo es meramente ilusorio.

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No sé si es el ejercicio de una extrema simpleza o es soberbia, lo que conduce a algunos científicos a querer pasarlo todo por el filtro del área específica de conocimiento en la que se consideran expertos. O es posible que en este afán simplista del hombre por convertirlo todo en ciencia, se encuentra su ambición por bastarse a sí mismo. Para ellos, ha de ser la neurología la que dibuje el mapa del alma, y quedarán diseccionadas las cuestiones morales por la biología y la sociología.

Pero en un mundo sin Dios, ¿Cómo dar a los valores éticos un valor absoluto y objetivo? ¿Cómo defender que ciertos principios son verdaderos para cualquier tiempo, para cualquier sociedad, para cualquier situación? ¿Quién tiene el poder de juzgar? ¿Cómo determinar lo correcto y lo incorrecto?

Obviamente, habría que concluir que tales conceptos no existen, y los valores con los que los hombres nos manejamos son “acuerdos” sociales derivados de las necesidades e intereses de un grupo establecido. Son, por tanto, cuestionables y susceptibles a cambio, tanto como lo puedan ser cualquier tipo de regla artificialmente definida, como los requisitos necesarios para contraer matrimonio o ejercer un determinado oficio. Dichos requisitos cambian con las sociedades y los tiempos. ¿En qué poder basarnos para calificar la violación o la pederastia como algo inmoral y no meramente “desagradable” a nuestro gusto cultural?

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Imaginemos el siguiente supuesto. Una sociedad del futuro.

Las especulaciones de los más poderosos y el azote de varias desgracias naturales han reducido a mínimos los recursos de los pueblos. La humanidad se ve abocada a enfrentar una situación difícil en la que el alimento escasea, y se decide proporcionar eutanasia a todos los mayores de 60 años que no puedan justificar una utilidad importante para la sociedad. De acuerdo a las premisas del pensamiento naturalista, no podríamos calificar tal suceso de “malo”, pues es conveniente y necesario para el conjunto de la población.

Como las medidas tomadas no han sido suficientes para atajar el problema, se aplica el procedimiento a los enfermos, luego a los que no producen, y más tarde a todos los que se consideran prescindibles…. ¿Dónde parar?

Si, en toda honestidad con nuestro pensamiento naturalista, no podemos tachar a tal sociedad por depravada, ¿Qué hemos tenido que hacer con el hombre? ¿No es necesario despojarlo de su dignidad para poder enfrentar sin inmutarse decisiones como las del ejemplo? ¿Puede el hombre realmente vivir con esa concepción de la moral?

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La triste perspectiva de esta resultante ya ocasionó no pocos quebraderos de cabeza a los ateos más recalcitrantes. Russel admitió que no podía vivir como si los valores éticos fueran simplemente una cuestión de gusto personal, y encontraba su propia visión “increíble”. “No sé la solución”, confesó.

El propio Nietzsche, quien proclamó la necesidad de vivir más allá del bien y del mal, rompió con su mentor Richard Wagner a causa de las tendencias anti semitistas del compositor. Sartre condenó también el antisemitismo en sus escritos, declarando que una doctrina que lleva al exterminio no es meramente cuestión de opinión…

Hoy, el mismo zoólogo populista, Richard Dawkins, que se auto define como “apóstol del ateísmo” afirma sin sonrojarse que “la religión es maligna”, sentenciando con la mayor de las incoherencias y afirmando, sin parecer percatarse, la objetividad de los valores morales. Vemos así hoy, agresivas manifestaciones en contra de las creencias religiosas, justificando tal postura en el supuesto peligro que dichas creencias suponen para valores como la tolerancia y la apertura de mente que, ahora sí que conviene, son verdades objetivas.

Insisto entonces, ¿Puede el hombre realmente vivir con la visión relativista de la moral?

En mi opinión, mientras la mera verbalización de “todo depende” es fácil, la asimilación interna de este relativismo es más que difícil de digerir. De hecho es una tarea imposible sin pasar por “cosificar” al ser humano.

Muchos ateos manifiestan indignados que son acusados de vivir carentes de principios morales que guíen sus conductas personales. Esto es una pataleta innecesaria e infundada, pues, por el contrario, el creyente afirma que es más que posible para un ateo reconocer los valores morales sin creer en Dios, precisamente porque pensamos que dichos valores son universales y absolutos, latentes en todas las personas, en todos los lugares y en todos los tiempos.

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El no creyente afirma absurdamente que ha construido un sistema de valores basado en la racionalidad y en la trascendencia que sus acciones tienen en sus semejantes y en el entorno. Precisamente ese supuesto ejercicio de la razón partiendo de una premisa de un mundo sin Dios, es el que debiera llevarles a admitir que las conductas no son buenas o malas sino que su validez es meramente subjetiva. Si el ateo, subjetivamente quiere concluir que “es aconsejable” respetar al semejante y al entorno, muy bien. Pero sea consciente que tal conclusión tiene entonces carácter de capricho y objetivamente no tiene más peso ni valor que decidir precisamente lo contrario. Después de todo, lo único real en las especies, el motor que guía la evolución, es la supervivencia del más fuerte. En la lógica atea lo único que tendría sentido es tratar de ser ese ejemplar más fuerte. Cualquier otro objetivo es meramente ilusorio, y una ética de la compasión no es en modo alguno deducible. Y en este punto yo digo: Si Dios no fuera más que una ilusión, y el hombre naturalista tiene también que agarrarse a ellas para no desmoronarse, pues, puestos a elegir entre un ateísmo sin base lógica que ha de tomar prestados principios que para nada le corresponden, y unas creencias que proponen el respeto a la vida y a la dignidad del hombre fundamentadas en la existencia del Bien máximo que es Dios, no hay mucho que discurrir. Habría que alinearse en las filas del creyente aunque sólo fuera por cuestiones lógicas y prácticas.

Tampoco es posible en el naturalismo, alabar la fraternidad, la igualdad y el amor como algo bueno. Porque en un universo sin Dios, el bien y el mal no existen, sólo el hecho desnudo y sin valor de la existencia, y no hay nadie que diga que tú tienes la razón y yo estoy equivocado. ¿Cómo digerir que los valores de Hitler no son inferiores objetivamente hablando a los de la madre Teresa de Calcuta?

Aparte de negar “a priori” la existencia de Dios, ¿en qué se basan los ateos para afirmar que los valores morales son subjetivos?

No son obligaciones que debemos a los demás, pues en el naturalismo, somos una especie más derivada de un común ancestro, y no hay nada que nos haga especiales. El hombre es un accidente más de la naturaleza, que aparece en un momento relativamente reciente de la evolución, sobre este diminuto grano de polvo llamado planeta tierra, perdido en un universo hostil y sin propósito, y condenado a perecer individualmente y colectivamente en un tiempo relativamente corto.

Tampoco veo que esos valores morales hayan surgido por ser necesarios. Las demás especies parecen haber llegado a buen puerto sin ellos. ¿Es necesario el sacrificio personal y el heroísmo para sobrevivir como especie? Yo creo que no.

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Para apoyar la teoría de la subjetividad de los valores, es frecuente recurrir al ejemplo de aquellas tribus para las que el canibalismo es algo no despreciable, Pero hay una diferencia entre no saber en tu fuero interno que algo está mal, y adoptar una costumbre a sabiendas de que está mal.

Cuándo un guerrero tribal devoraba las entrañas de un enemigo vencido para hacerse de ese modo con su valor, cuando los enfermeros nazis conducían a las mujeres judías embarazadas a las salas de experimentación, o cuando los hombres espartanos mataban a sus hijos deformes…..¿pensaban que eran acciones licitas y carentes de connotación moral alguna?¿En qué concepto tenían al ser humano al que agredían?¿Devoraba el guerrero caníbal al propio hermano?¿Divulgaba el enfermero nazi sus proezas fuera del entorno anti semitista?¿entregaba la madre espartana a su hijo de buen grado?

Las verdades morales existen y son objetivas. Dejado por su cuenta, el Hombre justifica en pocos minutos la incineración de ciudades pobladas, la deportación, el asesinato, la pestilencia y la hambruna de quienes le resulten inconvenientes y el asesinato masivo de los no nacidos.

Pero intentar justificar algo no equivale a creérselo.


Traducción por AndreMijail

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